sábado, 3 de diciembre de 2011

CARACOLES DISECADOS

Bajaba las interminables escaleras de caracol con la certeza de que a cada paso que daba desaparecería un peldaño más. Si paraba, las escaleras desaparecerían bajo sus pies y caería al abismo. De modo que seguiría bajando y bajando sin llegar a ningún sitio. Bajando y mareándose y parpadeando cada vez más fuerte, respirando cada vez más fuerte.
Por una de estas casualidades de la vida que nadie llega a entender, un parpadeo coincidió con una pisada y el pie le traicionó colocándose tres centímetros por delante de lo deseado. Perdió el equilibrio y el peldaño se regocijó al ver que había llegado su esperado final.

Las escaleras llevaban años deseando que aquello pasase, que cometiese un fallo, uno sólo, para poder liberarse. Llevaban años a merced de ella, bajando sin parar los mismo peldaños una y otra vez. Estaban ya gastado y agotados. Y pisoteados, sobretodo pisoteados. "Ojala se caiga ya" se decían entre susurros, "a ver si se parte la crisma de una vez" con el paso de los meses, "¿Es que no va a parar nunca?" "¿Pero de qué esta huyendo?".

Y por fin, ahora que ella estaba cayendo, tratando de colocar las manos por delante para parar un golpe que no ocurriría... ahora que por fin las escaleras habían logrado lo que querían.
Ninguno pudo mirar.
Ni un solo peldaño se atrevió a abrir los ojos. Solamente el retorcido pasamanos se regodeaba con aquel traspiés. El pasamanos que había estado observando todo aquello desde una distancia inventada. Era el que menos había sufrido la erosión de la obsesiva muchacha, y sin embargo era el que más odio había acumulado. El pasamanos le había clavado astillas en las manos casi diariamente. Disfrutaba con la sensación de hacerle daño. Se le iluminaba la cara al ver la expresión de dolor cada vez que sus manos sufrían otro pinchazo. El pasamanos disfrutaba mucho de todo aquello. Y ahora que se estaba cayendo al abismo no cabía en sí de gozo.
Pero la felicidad del pasamanos pronto se vería frustrada.

Durante la caída, una de las astilladas manos de la joven consiguió agarrarse a algo. Algo fino y metálico. No podemos olvidar lo que mantiene unidos a peldaños y pasamanos. Esas finas barras que todos pasamos por alto a excepción del día en que metemos una rodilla entre sus líneas discontinuas.

Ella se salvó. Y siguió bajando escaleras. Y los peldaños la amaron de nuevo a su manera. Y el pasamanos siguió disfrutando de su sigilosa crueldad. Y las barras metálicas... ellas siguieron allí.... sin tocar a la chica ni tocarse entre ellas. Sintiendo odio en la cabeza y amor en los pies. Confusas y perdidas. Las únicas que realmente entendían a la chica que bajaba escaleras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario