Bajaba las interminables escaleras de caracol con la certeza de que a cada paso que daba desaparecería un peldaño más. Si paraba, las escaleras desaparecerían bajo sus pies y caería al abismo. De modo que seguiría bajando y bajando sin llegar a ningún sitio. Bajando y mareándose y parpadeando cada vez más fuerte, respirando cada vez más fuerte.
Por una de estas casualidades de la vida que nadie llega a entender, un parpadeo coincidió con una pisada y el pie le traicionó colocándose tres centímetros por delante de lo deseado. Perdió el equilibrio y el peldaño se regocijó al ver que había llegado su esperado final.
Las escaleras llevaban años deseando que aquello pasase, que cometiese un fallo, uno sólo, para poder liberarse. Llevaban años a merced de ella, bajando sin parar los mismo peldaños una y otra vez. Estaban ya gastado y agotados. Y pisoteados, sobretodo pisoteados. "Ojala se caiga ya" se decían entre susurros, "a ver si se parte la crisma de una vez" con el paso de los meses, "¿Es que no va a parar nunca?" "¿Pero de qué esta huyendo?".
Y por fin, ahora que ella estaba cayendo, tratando de colocar las manos por delante para parar un golpe que no ocurriría... ahora que por fin las escaleras habían logrado lo que querían.
Ninguno pudo mirar.
Ni un solo peldaño se atrevió a abrir los ojos. Solamente el retorcido pasamanos se regodeaba con aquel traspiés. El pasamanos que había estado observando todo aquello desde una distancia inventada. Era el que menos había sufrido la erosión de la obsesiva muchacha, y sin embargo era el que más odio había acumulado. El pasamanos le había clavado astillas en las manos casi diariamente. Disfrutaba con la sensación de hacerle daño. Se le iluminaba la cara al ver la expresión de dolor cada vez que sus manos sufrían otro pinchazo. El pasamanos disfrutaba mucho de todo aquello. Y ahora que se estaba cayendo al abismo no cabía en sí de gozo.
Pero la felicidad del pasamanos pronto se vería frustrada.
Durante la caída, una de las astilladas manos de la joven consiguió agarrarse a algo. Algo fino y metálico. No podemos olvidar lo que mantiene unidos a peldaños y pasamanos. Esas finas barras que todos pasamos por alto a excepción del día en que metemos una rodilla entre sus líneas discontinuas.
Ella se salvó. Y siguió bajando escaleras. Y los peldaños la amaron de nuevo a su manera. Y el pasamanos siguió disfrutando de su sigilosa crueldad. Y las barras metálicas... ellas siguieron allí.... sin tocar a la chica ni tocarse entre ellas. Sintiendo odio en la cabeza y amor en los pies. Confusas y perdidas. Las únicas que realmente entendían a la chica que bajaba escaleras.
sábado, 3 de diciembre de 2011
lunes, 4 de abril de 2011
Hora punta
Incómodamente sentada en el tren, con las piernas en un ángulo extraño contra la maleta del costado. Un codo clavado en el muslo y el otro sosteniendo la cabeza, que por supuesto estaba doblada de la mejor forma posible para conseguir más tarde una feliz contractura. La pequeña cavidad del vagón olía a una desequilibrada mezcla de perfume de señora y sudor destilado, ah, y a gallina ¿cómo no?. Cuando sabía que estaba a punto de conseguir un mínimo de descanso, un insoportable picor se aferró a su mejilla.
Perfecto, ahora tardaría 15 segundos en rascarse: primero tendría que subir el brazo por debajo de la manta sin molestar al señor de al lado, que seguramente tuvo una feliz infancia comiendo a escondidas los chocolates que robaba cuando pensaba que nadie le veía. Tras evadir la masiva rodilla de su sonoro acompañante, tendría que apartar su propia melena enmarañada de la cara y rascarse. Para entonces, el punto de apoyo que tenía sobre el muslo acabaría cediendo, lo cual daría lugar a que su pierna diese de lleno contra la mortífera espinilla de la señora momia que tenía justo en frente, con aquel moño alto tan ridículamente espantoso.
Perfecto, Para evitar todo esto se resignó y trató de dormir, o de imaginar que estaba en otro lugar, que era lo más cercano a dormir que podía conseguir sin entrar realmente en fase rem.
Inútil, era físicamente imposible ignorar el picor. ¿y si tenía un bicho? Perfecto, un bicho ¿y qué mas?. Tuvo que rascarse. Efectivamente rozó al gordo y sin duda dio un puntapié a la vieja, pero la peor parte se la llevó el enorme arácnido que simplemente paseaba por la tierna mejilla de una extranjera. Seis patas rotas, desgarros en el abdomen, ceguera completa y vitalicia para empezar.
¡Oh, muchas gracias por saludarme tan efusivamente maldita zorra sin corazón!
Perfecto, ahora tardaría 15 segundos en rascarse: primero tendría que subir el brazo por debajo de la manta sin molestar al señor de al lado, que seguramente tuvo una feliz infancia comiendo a escondidas los chocolates que robaba cuando pensaba que nadie le veía. Tras evadir la masiva rodilla de su sonoro acompañante, tendría que apartar su propia melena enmarañada de la cara y rascarse. Para entonces, el punto de apoyo que tenía sobre el muslo acabaría cediendo, lo cual daría lugar a que su pierna diese de lleno contra la mortífera espinilla de la señora momia que tenía justo en frente, con aquel moño alto tan ridículamente espantoso.
Perfecto, Para evitar todo esto se resignó y trató de dormir, o de imaginar que estaba en otro lugar, que era lo más cercano a dormir que podía conseguir sin entrar realmente en fase rem.
Inútil, era físicamente imposible ignorar el picor. ¿y si tenía un bicho? Perfecto, un bicho ¿y qué mas?. Tuvo que rascarse. Efectivamente rozó al gordo y sin duda dio un puntapié a la vieja, pero la peor parte se la llevó el enorme arácnido que simplemente paseaba por la tierna mejilla de una extranjera. Seis patas rotas, desgarros en el abdomen, ceguera completa y vitalicia para empezar.
¡Oh, muchas gracias por saludarme tan efusivamente maldita zorra sin corazón!
jueves, 24 de marzo de 2011
Transformación
Letras, espacios, palabras y nada más. Frases, párrafos y páginas. Todas llenas de manchas negras que, en algún lugar, en alguna época, tenían un sentido. Pasaba los dedos por encima sin entender. Dibujos extraños inventados por locos cuando el sol aún no tenía un nombre falsificado.
Los ojos, los ojos no cambiaban.
Y la nariz, la nariz también era la misma. Casi la misma.
Pero la boca. La boca se había transformado de la manera más extraña posible. Adivinaba que era una boca porque estaba bajo esa nariz perfecta y sobre una barbilla. O lo que parecía ser una barbilla. Lo que quedaba de ella al menos.
La criatura pasaba las manos sobre las hojas de papel con una eterna pregunta tras los párpados. Pero esa boca. ¿Qué le había pasado? Se sorprendió preguntándose cómo sería tocarla. La textura... húmeda seguramente. Desagradable. ¿Peligrosa? Era posible.
Sus ojos chocaron en el aire y se asustó. Frente a frente aquella boca era aún más desconcertante.
Nada que una buena bolsa de papel no pudiera arreglar a tiempo.
Los ojos, los ojos no cambiaban.
Y la nariz, la nariz también era la misma. Casi la misma.
Pero la boca. La boca se había transformado de la manera más extraña posible. Adivinaba que era una boca porque estaba bajo esa nariz perfecta y sobre una barbilla. O lo que parecía ser una barbilla. Lo que quedaba de ella al menos.
La criatura pasaba las manos sobre las hojas de papel con una eterna pregunta tras los párpados. Pero esa boca. ¿Qué le había pasado? Se sorprendió preguntándose cómo sería tocarla. La textura... húmeda seguramente. Desagradable. ¿Peligrosa? Era posible.
Sus ojos chocaron en el aire y se asustó. Frente a frente aquella boca era aún más desconcertante.
Nada que una buena bolsa de papel no pudiera arreglar a tiempo.
martes, 26 de octubre de 2010
Halloween
Se acercaba Halloween y Maryann quería disfrazarse de caperucita roja, así podría acompañar a sus amigas a la fiesta de la Gran Plaza. Recordaba que de pequeña siembre llevaba un lazo rojo que le recogía el pelo. ¿Dónde lo habría dejado?
Abrió con prisas todos los cajones de su cuarto y algo rojo llamó su atención en el fondo del cesto de los calcetines. Estaba algo polvoriento, pero serviría. Cortó una parte que estaba demasiado arrugada y la olvidó bajo la cama, cerca de la pelusa que llevaba viviendo allí 4 o 5 meses.
Una vez en el suelo y pasados 3 días, el pequeño retal rojo se levantó y se acercó a la ventana para irse y nunca volver. Pero al llegar al dobladillo de la cortina algo le saludó.
Era Phill, eso que vive en la sobra que se forma debajo de tu ventana cuando se hace de noche. Phill.
Ahora ya no tendría que irse lejos. El lazo y Phill conseguirían vengarse antes de que la estúpida de Maryann pusiera un pie sobre el suelo. Solo que ahora tendría que cambiar de nombre.
Phill y Murphy se acercaron a los tobillos de Maryann.
La niña tuvo el tiempo justo de rascarse en sueños.
Nada más.
Abrió con prisas todos los cajones de su cuarto y algo rojo llamó su atención en el fondo del cesto de los calcetines. Estaba algo polvoriento, pero serviría. Cortó una parte que estaba demasiado arrugada y la olvidó bajo la cama, cerca de la pelusa que llevaba viviendo allí 4 o 5 meses.
Una vez en el suelo y pasados 3 días, el pequeño retal rojo se levantó y se acercó a la ventana para irse y nunca volver. Pero al llegar al dobladillo de la cortina algo le saludó.
Era Phill, eso que vive en la sobra que se forma debajo de tu ventana cuando se hace de noche. Phill.
Ahora ya no tendría que irse lejos. El lazo y Phill conseguirían vengarse antes de que la estúpida de Maryann pusiera un pie sobre el suelo. Solo que ahora tendría que cambiar de nombre.
Phill y Murphy se acercaron a los tobillos de Maryann.
La niña tuvo el tiempo justo de rascarse en sueños.
Nada más.
sábado, 5 de junio de 2010
Carrera de fondo.
Le perseguían. Podía oir con perfecta claridad sus pesadas respiraciones detrás de sí, a unos 30 metros.
Cada vez más cerca, cada vez más frios.
Miraba a un punto en el horizonte, una luz que alguien se dejó encendida sin querer.
Cada vez más cerca, cada vez más sedientos.
Se asustó cuando notó que la vista se le nublaba, cerró los párpados fuertemente para que cayeran las gotas y al abrirlos pudo ver de nuevo.
Cada vez más cerca, cada vez más fuertes.
Se daba con los talones en la parte trasera de los muslos y sentía cómo a la mañana siguiente le saldrían cardenales. Si es que había mañana siguiente.
Cada vez más cerca, cada vez con los brazos más estirados.
Sentía la garganta tan seca como las hojas de otoño al caer sobre el asfalto, tan seca que casi no podía respirar. Ahora no sólo oía cómo rozaban su pelo, podía oler sus alientos.
Cada vez más cerca, cada vez má
Cada vez más cerca, cada vez más frios.
Miraba a un punto en el horizonte, una luz que alguien se dejó encendida sin querer.
Cada vez más cerca, cada vez más sedientos.
Se asustó cuando notó que la vista se le nublaba, cerró los párpados fuertemente para que cayeran las gotas y al abrirlos pudo ver de nuevo.
Cada vez más cerca, cada vez más fuertes.
Se daba con los talones en la parte trasera de los muslos y sentía cómo a la mañana siguiente le saldrían cardenales. Si es que había mañana siguiente.
Cada vez más cerca, cada vez con los brazos más estirados.
Sentía la garganta tan seca como las hojas de otoño al caer sobre el asfalto, tan seca que casi no podía respirar. Ahora no sólo oía cómo rozaban su pelo, podía oler sus alientos.
Cada vez más cerca, cada vez má
domingo, 14 de marzo de 2010
lunes, 1 de marzo de 2010
Los malos no siempre se esconden bajo la cama.
El pequeño Timmy apenas contaba 3 años y ya sabía decir el abecedario de memoria. No sólo empezando por la A y siguiendo hasta la zeta, también podía recitarlo al revés. Sus padres lo enseñaban muy orgullosamente a las visitas, como si su hijo fuera un mono de feria, y todos aplaudían y reían. Luego, antes de la cena de los mayores, su madre lo llevaba al cuarto azul que habían decorado para él y lo acostaba contándole un cuento. Su gato "Calcetines" había muerto hace poco y sólo conciliaba el sueño si antes le contaban una historia.
Hoy tocaba Rapunzel y eso despertó la perspicacia de Phill, que después de tres noches no había conseguido subir a la cama del estúpido niño. En cuando la madre saliera de la habitación, el pequeño Timmy no volvería a recitar.
Algo se movió en la sombra que se formaba bajo la ventana de Timmy cuando se hacía de noche.
Hoy tocaba Rapunzel y eso despertó la perspicacia de Phill, que después de tres noches no había conseguido subir a la cama del estúpido niño. En cuando la madre saliera de la habitación, el pequeño Timmy no volvería a recitar.
Algo se movió en la sombra que se formaba bajo la ventana de Timmy cuando se hacía de noche.
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