Abrió los ojos y algo le molestaba en el fondo del oído. Tenía la sensación de haber soñado algo desagradable que no conseguía recordar. Cerró los ojos y trató de visualizarlo, de recordar algún detalle. Nada. Sólo esa molestia en la parte de atrás de la cabeza.
Con los ojos cerrados pudo concentrarse mejor en lo que escuchaba. Cuanto más tiempo pasaba de este modo, más nítido se hacía el sonido. Una risa infantil al principio quizás. Empezaba a oírse más fuerte. Era una risa, pero no tenía nada de infantil... Más fuerte, una risa chirriante. Una risa ensordecedora llena de odio. Una carcajada tan terrible que sabía a azufre y olía a óxido. Quería dejar de escuchar, pero era imposible. ¿Cómo se deja de escuchar?
La risa seguía allí, ocupándolo todo. No podía respirar. Todo su cuerpo retumbaba a su compás. No cabía nada más que aquel sonido incesante.
Dejó de escuchar de la única manera que supo. La ventana no estaba demasiado lejos. Y al parecer el suelo tampoco.
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lunes, 5 de diciembre de 2011
sábado, 3 de diciembre de 2011
CARACOLES DISECADOS
Bajaba las interminables escaleras de caracol con la certeza de que a cada paso que daba desaparecería un peldaño más. Si paraba, las escaleras desaparecerían bajo sus pies y caería al abismo. De modo que seguiría bajando y bajando sin llegar a ningún sitio. Bajando y mareándose y parpadeando cada vez más fuerte, respirando cada vez más fuerte.
Por una de estas casualidades de la vida que nadie llega a entender, un parpadeo coincidió con una pisada y el pie le traicionó colocándose tres centímetros por delante de lo deseado. Perdió el equilibrio y el peldaño se regocijó al ver que había llegado su esperado final.
Las escaleras llevaban años deseando que aquello pasase, que cometiese un fallo, uno sólo, para poder liberarse. Llevaban años a merced de ella, bajando sin parar los mismo peldaños una y otra vez. Estaban ya gastado y agotados. Y pisoteados, sobretodo pisoteados. "Ojala se caiga ya" se decían entre susurros, "a ver si se parte la crisma de una vez" con el paso de los meses, "¿Es que no va a parar nunca?" "¿Pero de qué esta huyendo?".
Y por fin, ahora que ella estaba cayendo, tratando de colocar las manos por delante para parar un golpe que no ocurriría... ahora que por fin las escaleras habían logrado lo que querían.
Ninguno pudo mirar.
Ni un solo peldaño se atrevió a abrir los ojos. Solamente el retorcido pasamanos se regodeaba con aquel traspiés. El pasamanos que había estado observando todo aquello desde una distancia inventada. Era el que menos había sufrido la erosión de la obsesiva muchacha, y sin embargo era el que más odio había acumulado. El pasamanos le había clavado astillas en las manos casi diariamente. Disfrutaba con la sensación de hacerle daño. Se le iluminaba la cara al ver la expresión de dolor cada vez que sus manos sufrían otro pinchazo. El pasamanos disfrutaba mucho de todo aquello. Y ahora que se estaba cayendo al abismo no cabía en sí de gozo.
Pero la felicidad del pasamanos pronto se vería frustrada.
Durante la caída, una de las astilladas manos de la joven consiguió agarrarse a algo. Algo fino y metálico. No podemos olvidar lo que mantiene unidos a peldaños y pasamanos. Esas finas barras que todos pasamos por alto a excepción del día en que metemos una rodilla entre sus líneas discontinuas.
Ella se salvó. Y siguió bajando escaleras. Y los peldaños la amaron de nuevo a su manera. Y el pasamanos siguió disfrutando de su sigilosa crueldad. Y las barras metálicas... ellas siguieron allí.... sin tocar a la chica ni tocarse entre ellas. Sintiendo odio en la cabeza y amor en los pies. Confusas y perdidas. Las únicas que realmente entendían a la chica que bajaba escaleras.
Por una de estas casualidades de la vida que nadie llega a entender, un parpadeo coincidió con una pisada y el pie le traicionó colocándose tres centímetros por delante de lo deseado. Perdió el equilibrio y el peldaño se regocijó al ver que había llegado su esperado final.
Las escaleras llevaban años deseando que aquello pasase, que cometiese un fallo, uno sólo, para poder liberarse. Llevaban años a merced de ella, bajando sin parar los mismo peldaños una y otra vez. Estaban ya gastado y agotados. Y pisoteados, sobretodo pisoteados. "Ojala se caiga ya" se decían entre susurros, "a ver si se parte la crisma de una vez" con el paso de los meses, "¿Es que no va a parar nunca?" "¿Pero de qué esta huyendo?".
Y por fin, ahora que ella estaba cayendo, tratando de colocar las manos por delante para parar un golpe que no ocurriría... ahora que por fin las escaleras habían logrado lo que querían.
Ninguno pudo mirar.
Ni un solo peldaño se atrevió a abrir los ojos. Solamente el retorcido pasamanos se regodeaba con aquel traspiés. El pasamanos que había estado observando todo aquello desde una distancia inventada. Era el que menos había sufrido la erosión de la obsesiva muchacha, y sin embargo era el que más odio había acumulado. El pasamanos le había clavado astillas en las manos casi diariamente. Disfrutaba con la sensación de hacerle daño. Se le iluminaba la cara al ver la expresión de dolor cada vez que sus manos sufrían otro pinchazo. El pasamanos disfrutaba mucho de todo aquello. Y ahora que se estaba cayendo al abismo no cabía en sí de gozo.
Pero la felicidad del pasamanos pronto se vería frustrada.
Durante la caída, una de las astilladas manos de la joven consiguió agarrarse a algo. Algo fino y metálico. No podemos olvidar lo que mantiene unidos a peldaños y pasamanos. Esas finas barras que todos pasamos por alto a excepción del día en que metemos una rodilla entre sus líneas discontinuas.
Ella se salvó. Y siguió bajando escaleras. Y los peldaños la amaron de nuevo a su manera. Y el pasamanos siguió disfrutando de su sigilosa crueldad. Y las barras metálicas... ellas siguieron allí.... sin tocar a la chica ni tocarse entre ellas. Sintiendo odio en la cabeza y amor en los pies. Confusas y perdidas. Las únicas que realmente entendían a la chica que bajaba escaleras.
lunes, 1 de marzo de 2010
Los malos no siempre se esconden bajo la cama.
El pequeño Timmy apenas contaba 3 años y ya sabía decir el abecedario de memoria. No sólo empezando por la A y siguiendo hasta la zeta, también podía recitarlo al revés. Sus padres lo enseñaban muy orgullosamente a las visitas, como si su hijo fuera un mono de feria, y todos aplaudían y reían. Luego, antes de la cena de los mayores, su madre lo llevaba al cuarto azul que habían decorado para él y lo acostaba contándole un cuento. Su gato "Calcetines" había muerto hace poco y sólo conciliaba el sueño si antes le contaban una historia.
Hoy tocaba Rapunzel y eso despertó la perspicacia de Phill, que después de tres noches no había conseguido subir a la cama del estúpido niño. En cuando la madre saliera de la habitación, el pequeño Timmy no volvería a recitar.
Algo se movió en la sombra que se formaba bajo la ventana de Timmy cuando se hacía de noche.
Hoy tocaba Rapunzel y eso despertó la perspicacia de Phill, que después de tres noches no había conseguido subir a la cama del estúpido niño. En cuando la madre saliera de la habitación, el pequeño Timmy no volvería a recitar.
Algo se movió en la sombra que se formaba bajo la ventana de Timmy cuando se hacía de noche.
viernes, 29 de enero de 2010
El retraso evolutivo de los gatos
Estaba el hilo en su lugar habitual: el costurero de Sam. El gato vino y trató de jugar con él, con la mala suerte de que un extremo se quebró y calló bajo de la mesa. Sam nunca se dió cuenta y la Señora Anneta lo barrió una mañana con su escoba astillada.
Tras este incidente, el hilo se encontró de pronto con el sol, el viento, el olor a comida pasada y las voces de todas las personas.
En la comodidad del taller no se había percatado de que era completamente incapáz de cualquier movimiento autoinducido, y calló en una terrible depresión. Pasó unas horas en este estado de aflicción hasta que se empezó a deshilachar y paró de inmediato. Otro gato malévolo llegó y quiso jugar con el hilo. Esta vez él había aprendido la lección, consiguió estrangular al estúpido felino y se cambió de nombre.
Ahora se llama Phill, y vive en la sombra que se forma debajo de tu ventana cuando se hace de noche. Esta tan oscuro que no puedes darte cuenta de que ya aprendió a moverse sólo...
Tras este incidente, el hilo se encontró de pronto con el sol, el viento, el olor a comida pasada y las voces de todas las personas.
En la comodidad del taller no se había percatado de que era completamente incapáz de cualquier movimiento autoinducido, y calló en una terrible depresión. Pasó unas horas en este estado de aflicción hasta que se empezó a deshilachar y paró de inmediato. Otro gato malévolo llegó y quiso jugar con el hilo. Esta vez él había aprendido la lección, consiguió estrangular al estúpido felino y se cambió de nombre.
Ahora se llama Phill, y vive en la sombra que se forma debajo de tu ventana cuando se hace de noche. Esta tan oscuro que no puedes darte cuenta de que ya aprendió a moverse sólo...
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